Han coincidido en pocos días dos noticias que ilustran la extraordinaria complejidad de los tiempos que vivimos. Por un lado, Ford acaba de anunciar su patente de un coche policial autónomo, que además de ir sin conductor puede detectar infracciones de otro vehículo, puede conectarse con cámaras de vigilancia y sensores ubicados por la ciudad, acceder a bases de datos, perseguir al vehículo infractor y notificarle a su conductor tanto su actuación irregular como su sanción e incluso citación para comparecer ante la policía o el juez. Además, este vehículo policial robotizado puede comunicarse con todos los pasajeros del vehículo con el que se ha cometido la infracción, verificar su identidad gracias a un sistema basado en inteligencia artificial y enviarles todo tipo de mensajes y notificaciones.

Por otro, las autoridades californianas investigan un accidente ocurrido el pasado 22 de enero entre un camión de bomberos y un coche Tesla que circulaba, según la versión del conductor, con el sistema de conducción semiautónoma. Hay que recordar que la Administración Nacional para la Seguridad en el Transporte de los EEUU (NTSB), en referencia al caso de un conductor que falleció hace pocos meses en un accidente con el mismo modelo de vehículo y con el mismo sistema de conducción, estableció que este sistema es “limitado” y que el conductor nunca debió confiarle la conducción de su vehículo.

Al margen de las apasionantes mil dudas jurídicas que pueden plantearse en términos de responsabilidad de personas y empresas a la vista de noticias como estas, uno podría preguntarse por el acelerado envejecimiento del clásico concepto de seguridad en su más amplia perspectiva. Si un vehículo autónomo hace de policía sin intervención humana, si ya hay robots que hacen de vigilantes con capacidad de intervenir en situaciones relacionadas con seres humanos, si los sistemas tecnológicos más avanzados ya actúan sobre elementos tan clave como identidad, verificación de identidad, prevención de comportamientos, comunicaciones robotizadas con efectos legales y administrativos, incluso sobre esa tecnología o proceso artificial que libera de responsabilidad a sus usuarios porque convierte en irrelevante su voluntad, ¿quién actúa ante esas máquinas? ¿Quién y cómo opera ante ese paisaje industrial de última generación? ¿Quién calcula y actúa sobre los efectos imprevistos y novedosos que provocan esos nuevos procesos? O dicho de otra manera, ¿de verdad los expertos en seguridad, en legislación, en aplicación de las normas, en prevención de delitos, en ofrecer soluciones integrales que prevengan situaciones indeseables, en sancionar, están predispuestos a poner todos los medios a su alcance para captar una visión integral de esta nueva realidad? ¿Comprenden cabalmente el alcance de cada cambio? ¿Están dispuestos a priorizar su perfil de competencias frente a su definición formal?

Tal vez muchos confían sus limitaciones a la sumisión general ante los cambios tecnológicos, otros harán de la resignación su justificación para sus propias decisiones, algunos se conformarán en la disminución progresiva de su importancia funcional, pero es inevitable considerar que todos los procesos que vienen, como esos que se han citado, u otros tan básicos como los pagos automáticos sin intervención humana en un supermercado, van a requerir profesionales que comprendan el proceso en su integridad más allá de su dimensión tecnológica. Abogados, jueces, policías, responsables de seguridad, entre otros muchos, están obligados a estudiar el verdadero alcance de estos cambios tecnológicos y lo que afectan no sólo a sus habituales actuaciones y funciones, sino sobre todo a una comprensión suficiente de todo aquello que les debiera ocupar en términos de eficacia y competencia profesional.

Un viejo filósofo alemán habló de juguetes en manos extrañas, y tal vez de eso se trate de nuevo, cuando no se es capaz de estimar la importancia, dimensión y efectos de un algoritmo, de un sistema de inteligencia artificial, del uso del big data, de la gestión robotizada y mercantilizada de datos personales, o cualquier otro avance que cuestione la manera de trabajar y sus premisas convencionales, pero que, paradójicamente, al mismo tiempo refuerza la vigencia e importancia de la función y responsabilidad asignadas. Algo tan penoso como mirar desprevenidos la definición y efectos de la tecnología, igual que aquel sabio que señalaba la luna mientras el torpe miraba el dedo.

Gonzalo Suárez

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